Se plantea la duda como un proceso doloroso, algo problemático, tenemos que decidir, quizás está decisión sea uno más de los posibles motivos por el que “dudar” esté tan mal visto en este orden social tan orientado al placer, cueste lo que cueste, aunque el precio sea el de sumirnos en la oscuridad.

 

La duda siempre ha sido la gran Cenicienta y ha sufrido el maltrato de un sistema excesivamente obsesionado con saber siempre el porqué y estar siempre bien seguro de cualquier cosa. A la vez que, este mismo sistema, se viste y engalana enarbolando una capacidad de dudar que se ha de suponer ante tanto aprendizaje de los unos con los otros mediante el diálogo y la conversación, porque, no nos engañemos, para que pueda penetrar una idea ajena en nuestro propio discurso, hemos de macerar éste sumergiéndolo en una suave duda que le permita impregnarse de aquellas aportaciones que lo puedan enriquecer.

No obstante, dudar suele ser propio de tener un cierto índice de inteligencia, un proceso en el que, el que duda sospecha otras posibilidades, el tiene este instinto y quiere saber mas, sabe lo que sabe, pero sospecha que su saber puede estar limitado, no desiste en el intento de escarbar entre los archivos de los estantes internos buscando el rastro de una prueba, de una alternativa mejor.

Dudar es elevar a la categoría de dilema una determinada situación, algo más profundo e inteligente que al problema al que algunos lo intentan reducir todo. No hay posibilidad de errar en el dilema ya que no hay respuestas acertadas, con lo que, en consecuencia, no hay cabida para la razón absoluta.

Injustamente, a menudo se relaciona la duda con la indecisión y, a pesar de que frecuentemente se toman muchísimas decisiones con no pocas dudas, se suele asociar dudar con torpeza o no tener claridad. Olvidamos que la extrema seguridad delata, las mayoría de las veces, una profunda ignorancia, no produce dudas.

Dudar es una cualidad propia del genero humano, cualquier conclusión a la que se llegue, aunque sólo sea por considerar que algo puede haber cambiado lo suficiente como para que cualquier acierto haya podido dejar de serlo.

Estando como estamos en plena época del “co” cocrear, corresponsabilizar, compartir, conversar, etc.] es un fantástico momento para dejar de darnos lecciones, aparcar “incómodas” y dudosas seguridades y reivindicar la oportunidad de co-dudar, aprendiendo realmente de nosotros mismos a partir de lo que sugieran aquellos interrogantes que desarrollemos juntos.