En una clara noche de verano, estaban sentados un abuelo y su nieto viendo como la luna reinaba en el cielo. Cuando ya llevaban un buen rato en silencio, el abuelo le dijo a su nieto: “siento como si tuviera en el corazón dos lobos que se están peleando. Uno de ellos es violento, está siempre enojado y queriéndose vengar. El otro está repleto de perdón, compasión y amor”.

 

El niño le preguntó: “¿ Cuál de los dos será el que gane la pelea y se quede en tu corazón ?”.

A lo que el abuelo le respondió: “El que yo alimente”.

 

Estamos hechos de contradicciones e invertimos gran parte de nuestro tiempo tomando decisiones. Dejando huellas más o menos superficiales en nuestro interior. A base de trasformar nuestro presente y de imaginarnos el futuro vamos, poco a poco, creando el hilo conductor de nuestra vida.

El abuelo de nuestra historia, nos ofrece una metáfora que nos invita a la reflexión. En pocas palabras, nos dice que la mayoría de las veces somos nosotros quienes proyectamos los lugares intermedios de nuestro camino a través de lo que escogemos y descartamos.

Eligiendo la ira, el odio, la venganza o el desprecio estamos invitando a que estos tomen un mayor protagonismo e, incluso, a que se conviertan en nuestra respuesta automática ante cualquier situación, nos agrade más o menos.

Alimentando un lobo u otro estaremos configurando una imagen cada vez más complicada de revertir, con lo que aumentaremos la probabilidad de recibir lo mismo. No en vano, hay un refrán popular que afirma que recogemos aquello que sembramos.

 Seguro que se te ocurren cientos de casos en los que esto no ha ocurrido así, ocasiones en las que la fortuna o la desdicha ha estropeado o arreglado lo bien o lo mal merecido. Sin embargo, la probabilidad que tiene la suerte de jugar un papel relevante en el resultado final disminuye a medida que vamos poniendo ladrillos en el muro adecuado y haciendo agujeros en aquel que queremos derribar.

De esta manera, cuando tomes una decisión no te preguntes solamente cuáles serán los resultados tangibles o más inmediatos de la misma, piensa también en el efecto que va a tener sobre ti. Es habitual que alimentar al lobo correcto tenga un precio. Dicho de otra manera, el precio de la comida del lobo que deseamos alimentar suele ser más alto que el que tiene la comida del resto de lobos.

Por ejemplo, tener una conversación con un amigo o amiga que está siendo infiel con su pareja siempre es más complicado y arriesgado que mantenerse como un testigo pasivo de lo que sucede. También es más fácil aceptar el sobre que nos pueden ofrecer por cubrir un delito, que denunciarlo.

Esto no significa que debas hablar con tu amigo o poner la denuncia, quizás son casos demasiado claros cuando las situaciones que tenemos que resolver no son tan sencillas, sino que es bueno que al menos lo tengas en cuenta y que pase a formar parte de la ecuación en la que entran en juego los pros y los contras de una u otra opción.

Digo que no son tan sencillas porque quizá el dinero que te ofrecen lo necesitas realmente para alimentar a tu familia y sabes que poniendo una denuncia probablemente no pase nada y a ti te dejen sin trabajo.

Es decir, que no se trate de dejar de ganar dinero, sino de la posibilidad de perderlo. De ahí que juzgar este tipo de situaciones sin conocer todos los detalles puede llevarnos a cometer un error, que tomando a la prudencia como guía no habríamos cometido.

Sea como sea, te animo a que reconozcas que en las decisiones que tomas una parte de ti se ve involucrada y que dependiendo de cómo participe va a tomar una forma u otra. De la misma manera, como una figura de barro recién moldeada y puesta a secar, las actitudes en las que persistas cada vez van a ser más difíciles de modificar.