Archive: 11 abril, 2017
El amor, la amabilidad y la compasión son el fundamento del budismo. Desde una perspectiva general, estas virtudes corresponden a valores similares en muchas otras tradiciones religiosas y prácticas espirituales. Sin embargo, en el budismo, el amor y la compasión genuinos provienen de una visión profunda de la naturaleza de la propia existencia y están firmemente enraizados en la experiencia del fiel. Podemos entender esto desde dos perspectivas. Primero, desde la perspectiva de la interdependencia, vemos que ningún fenómeno en el mundo, sea material o mental, puede existir independiente de otros fenómenos. Todos los seres y cosas están íntimamente relacionados unos con otros. Todas las actividades que hace un ser individual están en realidad conectadas e influidas por las actividades de otros seres en una densa e infinita red. Todo lo que existe necesita de innumerables factores, aparentemente externos, para su existencia. El separarse de este vasto sistema de relaciones entre todos los seres haría imposible la existencia. Esta es la profunda realidad de la naturaleza del mundo en el que vivimos, y por supuesto, es también la realidad de nuestra vida individual tal como la vivimos. Todos estamos unidos unos a otros y a todos los seres vivos, conscientes o no conscientes. En la escala humana, podemos ver la verdad de la interdependencia en el hecho de que nadie puede vivir separado de la sociedad. Dependemos de las ayudas de otros seres humanos para todo lo que tenemos: desde las necesidades básicas de la vida como la comida, el vestido, y la vivienda, pasando por otras varias formas de conocimientos y habilidades que adquirimos, hasta el sentimiento de satisfacción y realización que experimentamos en nuestro trabajo. Si tenemos la suerte de vivir en una sociedad relativamente estable, sabemos que la mayor parte del orden y estabilidad de nuestra vida diaria depende de la estructura de la sociedad y del trabajo de otras personas en muchas instituciones públicas. Igualmente, las interrelaciones mundiales y la mutua influencia entre diferentes naciones y culturas quedan con frecuencia demostradas en campos como la economía, la ciencia política y los estudios culturales. En una escala mayor, incontables formas de vida, tanto consciente como inconsciente, tienen influencia directa o indirecta en nuestro bienestar. Además, desde el punto de vista de la fe budista en innumerables vidas pasadas y futuros renacimientos, que cada uno de nosotros debe pasar, hemos tenido y tendremos muchas relaciones y conexiones con otros seres. Todos estos “otros seres” han sido nuestros padres, madres, hermanas o hermanos. Cada uno de ellos, en un tiempo u otro, ha sido causa de nuestra felicidad. Con esta perspectiva, ¿cómo no vamos a mostrar simpatía y atención hacia todos los seres? Sólo podemos sentir una gran responsabilidad y gratitud por ellos. Esta gratitud, a su vez, crea un genuino cuidado de amor que va más allá de un amor individual por la familia, raza o nación. Este tipo de amor, extendido a todos los seres en todas partes, nace de la recta comprensión de que todos somos realmente una familia. Segundo, desde la perspectiva de la igualdad de todos los condicionamientos, todos estos tipos infinitamente variados de interrelaciones y conexiones entre todos los seres, dan lugar a una multitud de trazos y distinciones individuales. Sin embargo, puesto que estas entidades únicas y distintas son todas contingentes, ninguna de ellas puede existir autónoma y permanentemente por sí misma. Esta es la naturaleza del vacío. A medida que penetramos en la profundidad de esta condicionalidad por medio de la contemplación, podemos entender personal y directamente que todos los fenómenos están vacíos de cualquier naturaleza inherente y separada en sí misma. Esta esencia o naturaleza vacía de todas las cosas revela su igualdad, su profunda similitud. Al darnos cuenta de esta no-dualidad, de la igualdad natural de toda existencia -que es la experiencia de la sabiduría- nacerá en nuestros corazones un ilimitado deseo de ayudar y beneficiar a todos los seres indiscriminadamente. En la tradición Mahayana, todos los seres conscientes tienen una naturaleza idéntica a los Buddhas. Todos los seres conscientes tiene la potencialidad de llegar a la total iluminación y manifestar su budeidad. Una persona que camine por el sendero de la total budeidad debe cultivar una profunda compasión hacia todos los seres vivos como si fueran un sólo cuerpo consigo misma. Esto no es una ilusión, sino más bien una sincera motivación que inspira nuestras acciones y nos impulsa a vivir humanamente en este mundo. Cuando otros seres conscientes sufren en las profundidades de la confusión, es como si nosotros mismos sufriéramos, pero careciéramos de la sabiduría para ayudarlos y ayudarnos. La genuina atención y amor altruista no provienen de algo o alguien externos, sino de nuestra comprensión de la naturaleza de nuestra propia existencia. Esta comprensión es un impulso ético de un ser iluminado. Y es, a la vez, motivación y fuente de fuerza interna de un bodhisattva.

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