El sufrimiento se hiende en lo más profundo de nuestra piel sin ser visto. Es como un inquilino extraño que atrapa y que asfixia, pero al que tarde o temprano logramos vencer. Porque del sufrimiento surgen las almas más fuertes, con pieles más ásperas y curtidas ya por infinitas cicatrices invisibles.

Es posible que a estas alturas de la vida la piel de tu alma tenga ya todo un mapa de cicatrices y heridas remendadas. Gracias a ello, has aprendido también que dolor y sufrimiento son dos cosas muy diferentes. El dolor es parte de la propia existencia y aparece cuando perdemos aquello que amamos. Por su parte, el sufrimiento viene por no aceptar lo que pasa, por resistirnos y desear que las cosas fueran de otro modo.

“El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional” -Buda-

Ahora bien, a pesar de que nos digan aquello de que sufrir es constitutivo del ser humano, es necesario tener en cuenta una serie de aspectos. Primero, no es necesario sufrir para saber qué es la vida. De hecho, la felicidad también nos da buenas lecciones.

 Segundo, el miedo a sufrir es mucho peor que el propio sufrimiento, porque nos impide vivir. Nos pone muros y barreras a nuestro derecho a amar y a ser amados, a equivocarnos y a aprender de los errores. Son sin duda detalles importantes que recordar. No obstante, te proponemos ahondar un poco más en el tema.

El sufrimiento y el deseo de huida

El sufrimiento llega como un invitado inesperado en una fría noche de invierno. No lo queremos ahí y decidimos huir de él, esconderlo en el sótano y hacer como si no estuviera. Después, nos enfundamos en nuestras armaduras oxidadas y fingimos normalidad, dibujando apacibles sonrisas mientras el inquilino incómodo sigue ahí, arañando con sus frías manos nuestro maltrecho corazón.

 Lo queramos o no esta emoción negativa persistirá con su carga aflictiva durante mucho, mucho tiempo. De hecho, esto es así porque tiene una finalidad muy clara: apagar tus energías y obligarte a quedarte quieto, a aceptarlo y a entender lo que te pasa.

Resulta curioso, pero tal y como nos explica el biólogo molecular Estanislao Bachrach, a nuestro cerebro no le interesa que seas feliz. En absoluto, porque de hecho, lo único que quiere es que sobrevivas, de ahí, que entender las raíces de tu sufrimiento será sin duda un acto de responsabilidad personal. De supervivencia.

Los sufrimientos reales y los sufrimientos imaginarios

En psicología se diferencia claramente entre sufrimientos reales e imaginarios. Ambas dimensiones disponen de una carga emocional negativa que interfiere directamente en nuestra calidad de vida, en nuestro equilibrio emocional.

  • Los sufrimientos imaginarios son interpretaciones negativas que hacemos sobre nuestra propia realidad. Creamos auténticas batallas internas, increíbles tormentas cargadas de obsesiones y sufrimientos sobre hechos externos que a veces, no tienen ninguna base.

  • Por su parte, los sufrimientos reales tienen un hecho factible donde se concentra el dolor, la confusión, la pérdida, la decepción. Hay algo concreto que ha desencadenado nuestro estado.

A la hora de sofocar estos dos tipos de sufrimiento podemos desplegar unas mismas técnicas de afrontamiento. Te las explicamos a continuación.

Despertar estrategias adormecidas

Las tenemos. Lo creas o no todos nosotros disponemos en nuestro interior las mejores estrategias para hacer frente al sufrimiento. Tanto es así, que no te sorprenderá saber que nuestro cerebro está preparado biológicamente para afrontar la adversidad mediante mecanismos muy específicos. Estrategias que pasamos a definirte a continuación y que nos ayudarán a “sobrevivir” mucho mejor.

 En una vida sin penas, acaban por relajarse las cuerdas del alma  (Johannes Kepler)

En primer lugar vamos a despertar ese ojo interior, el alojado en nuestra mente. Entiende que la realidad, tu realidad, no es más que una interpretación personal que tú mismo creas y de la cual, a veces caes cautivo. Es hora de poner un filtro:

  • Apaga los miedos y las obsesiones que cercenan tu persona, tu autoestima, tu autoconcepto. Todo sufrimiento real tiene a su vez adheridos muchos imaginarios: “esto ya no va a cambiar”, “ya no volveré a ser feliz”, “las segundas oportunidades ya no existen…” Apaga ese ruido mental innecesario, controla tus pensamientos para crear nuevas emociones.

Por otra parte, nuestros sufrimientos “inmerecidos” pueden reducirse siempre y cuando tomemos conciencia de otro aspecto: de su temporalidad.

  • El dolor te aferra irremediablemente al presente, y lo hace para que seas capaz de comprender tus heridas, de aprender de lo sucedido para después seguir sobreviviendo. Porque lo quieras o no, la vida sigue avanzando. La ley de la impermanencia nos lleva a todos en su barcaza para hacernos ver que todo está en constante cambio, que todo va y viene. Hoy son penas y mañana serán alegrías. No te permitas ser prisionero/a del dolor: avanza, eres movimiento.

  • El sufrimiento además, nos proporciona la virtud de la empatía. Porque solo el que padece compadece, y ello, es algo que nos hace sin duda mejores personas. Es aprendizaje vital, te confiere una gran sensibilidad a la vez que una fortaleza más digna, más sabia.

Despierta esa valentía que duerme en ti y sé capaz de ver el sufrimiento como un camino, no como una muralla en la que aprisionarte. Álzate, abre los ojos desde tu interior para ver con mayor nitidez y derriba cada ladrillo de esos muros para permitirte ser feliz una vez más.

Vía: La Mente es Maravillosa