El propósito de este capítulo es ofrecer una perspectiva budista sobre el tema de la paz. Quisiera analizar tres dimensiones de la paz y las contribuciones que una comprensión budista podría aportar a su logro. Son ellas: la paz interior, la paz en la comunidad de la raza humana y la paz ecológica o paz con el planeta Tierra. En primer lugar, debemos comprender cuáles son las causas fundamentales de la ausencia o la presencia de paz.

En una de sus prédicas, Shakyamuni, fundador del budismo, transmitió su concepción esencial sobre la naturaleza y las causas del sufrimiento. En aquella ocasión, Shakyamuni subió a la cima de una montaña junto con algunos de sus discípulos, recientemente convertidos a su doctrina. Observando la vista que se extendía a sus pies, Shakyamuni comenzó a exponer lo siguiente: “En verdad, este mundo arde con fuegos varios y diversos. Hay fuegos de codicia, fuegos de odio, fuegos de estupidez, fuegos de capricho y egoísmo, fuegos de decrepitud, enfermedad y muerte, fuegos de dolor, lamentación, sufrimiento y agonía”.

Lo que Shakyamuni trataba de transmitir era su comprensión de que el mundo fenoménico que habitamos está envuelto por las llamas del sufrimiento que se originan en impulsos ilusorios. Esos fuegos de codicia, odio y estupidez, que consumen con ferocidad el corazón de la gente, son las causas básicas de todos los pesares de la existencia humana. Por ende, Shakyamuni nos exhorta antes que ninguna otra cosa, a obtener una clara comprensión de la raíz del sufrimiento.

Aquí, el impulso engañoso de la “codicia” indica un deseo y apego descontrolados por confort material, bienestar económico, poder o fama. Los deseos de esa naturaleza crecen y se multiplican sin cesar, y dado que al satisfacerlos no se encuentra una felicidad verdadera y perdurable, quien está atrapado en sus garras está condenado a un tormento y frustración interminables.

El impulso engañoso del “odio” describe emociones como el resentimiento, la ira y le envidia, que aparecen cuando nuestros anhelos egoístas no se ven satisfechos. A menos que se controlen, estos se transforman en diversos modos de destrucción y de violencia. Dicho llanamente, el impulso del odio es la violencia que surge a partir de una visión egocéntrica de la vida.

La “estupidez” se refiere a un desconocimiento deliberado de la realidad o de la verdadera naturaleza de la vida del cosmos. Así, es este impulso el que genera la discordia y la rebelión contra los principios que gobiernan las funciones del universo. La sabiduría que alumbra y revela la auténtica naturaleza del cosmos se denomina “iluminación”, en tanto que esa ignorancia pertinaz se conoce como “oscuridad fundamental”, porque nubla y oscurece la luz que nos permite ver las cosas en su naturaleza verdadera. De todos los impulsos ilusorios, el budismo considera que la estupidez es el más fundamental.

Esos tres impulsos, la codicia, el odio y la estupidez, son para el budismo venenos inherentes a la vida; juntos, se los denomina a veces los “tres venenos”. Lo que Shakyamuni trataba de enseñar a sus discípulos en esa prédica era que el fuego de los tres venenos y de todos los impulsos ilusorios se origina en el interior de cada individuo y de allí emerge para devorar familias, grupos étnicos, naciones y, finalmente, a toda la humanidad.

Es lo que presenciamos en el mundo de hoy, donde el impacto de la codicia sin control supera por leguas el aspecto individual y crea las desigualdades económicas que existen entre grupos raciales o étnicos, o directamente entre países, en una escala global. La avaricia de las naciones industrializadas ha despojado a la gente de los países en vías de desarrollo de la posibilidad de satisfacer sus necesidades básicas. Y la voracidad de la raza humana en general está socavando el derecho a la existencia de otras especies.

La violencia es un lugar común en la familia, las escuelas y en cada comunidad. Los rencores más profundos que se remontan al pasado generan conflictos raciales insolubles. En algunos casos, los resentimientos históricos están unidos a causas religiosas o a cuestiones de identidad, y encuentran su expresión en el terror o en las masacres indiscriminadas.

La ignorancia obstinada sobre la verdadera naturaleza de la existencia es un estado de rebeldía que lleva a la negación de los principios básicos de la vida y del cosmos. Esa condición hace que el individuo distorsione todos los aspectos de la vida, incluidos los relativos a la familia, la raza y los valores nacionales. En otras palabras, esa clase de ignorancia se puede en encontrar en todos aquellos sistemas de valores, estilos de vida y concepciones sobre la naturaleza que colocan a la persona en franco conflicto con los principios que, justamente, sostienen su existencia como ser humano y que, en última instancia, gobiernan las funciones del cosmos viviente.

Al compartir su comprensión iluminada con las demás personas, Shakyamuni buscaba ayudar a la gente a minimizar los efectos destructivos de esos impulsos ilusorios y transformarlos de hecho en el motor hacia la felicidad.